Podría ser jefa de obra, arquitecta o qué sé yo,
llevaba puesto un casco blanco
con el que cedía toda hostilidad
a su pelo de cobre y su vestido verde.
Por burlar a los tacones, caminaba chocolate y menta
por el firme irregular de la obra.
Era difícil distinguir si el edificio estaba levantándose
o a mitad de camino de su destrucción.
Caía la tarde. Todo lo demás se detuvo.
Pararon a mirar hasta las grúas.
Los obreros, disimulaban su imaginación:
uno, hielo para el café;
otro, creyó que olía una tormenta;
el último, se dejaba acariciar por las agujas de un pino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario